Rosita

ROSITA         (Rosa Romero)

 

Bien poco tiempo después de que el Santuario dispusiera de la Hospedería, nos vimos en la necesidad de contratar trabajadores/as para hacer frente a las nuevas necesidades que surgían, ya de la propia Comunidad, la avanzada edad del P.Jordana y Teresa, que necesitaban asistencia, ya de la Hospedería, ya de los campos y el ganado.

Fue en esa coyuntura donde apareció Cintia, la hermana de Rosita, pidiendo trabajo en el Santuario. Cintia, de 22 años, junto con su marido, su hija de 3 años y su hermana Rosita, de 21 años, habían venido desde Argentina, a buscar mejores lances económicos y de vida por esta vieja Europa.

El contrato se realizó con Cintia, pero como su hija Macarena era pequeña y necesitaba cuidados, en muchas ocasiones subían las dos hermanas y la pequeña al trabajo.

Así empezó una relación que se afianzó con el tiempo y se hizo más familiar y cercana.

Pasó el tiempo y la prueba llegó cuando un día Cintia me llama por teléfono desconsolada desde el Hospital de Manresa diciendo que han ingresado a su hermana para hacerle unas pruebas, pues padece fuertes dolores intestinales, pero que el pronóstico inicial no es bueno.

Bajé desde el Santuario al Hospital para ver qué podía hacer. Me encontré con una Rosita muy quejosa por el dolor que tenía y a una Cintia apenada por la posibilidad de perder a su hermana.

Le dieron unos calmantes a Rosita y la subieron a planta. Una vez allí, un tanto más tranquila y aliviada, aproveché para abordar un tema que hasta ahora no había encontrado cauce para abordarlo, el de la fe, el de la Religión, el de Dios…

Ambas hermanas eran creyentes, habían recibido los sacramentos del bautismo, confirmación y comunión, pero en un ambiente bastante alejado de la práctica religiosa. Eran respetuosas para nuestras prácticas pero no se las veía especialmente inclinadas a introducirse en ellas, más bien realizaban su trabajo, eran respetuosas, pero no parecía quisieran entrar más a fondo.

Al encontrarme con ella en la habitación y en esas circunstancias, le dije abiertamente que nunca habíamos abordado el tema de Dios, de la Iglesia, de los sacramentos…y le comenté que quizá las circunstancias por las que estaba pasando, permitían ahora hacerlo.

Le hablé del sacramento de la Unción de los enfermos, para aliviar en la enfermedad y pedir la sanación, si quería podía administrárselo, me dijo que sí. También le comenté que el sacramento podía administrarse junto a la comunión, también aceptó, pero la comunión pedía confesarse, pues hacía mucho tiempo que no lo hacía, también aceptó.

Mientras me dirigía en el Hospital a buscar al responsable de la atención religiosa para que me facilitara el aceite de ungir a los enfermos y la sda. Comunión, ella se preparó a la confesión.

Al volver a la habitación hizo su confesión, recibió la unción y le di la comunión, quedó profundamente en paz, su rostro le cambió, se sacó de encima un peso que llevaba desde hacía años y la paz volvió a su corazón.

El diagnóstico fue contundente: cáncer de estómago. Empezó la quimio y mientras, cuando salía del Hospital, residía en el Santuario. Vino su madre desde Argentina, junto con un hermano suyo, eran 8 hermanos que los tuvo que criar su madre cuando eran pequeñitos, pues su padre abandonó a la familia.

Pasaron los meses y el tratamiento parecía iba bien, el tumor se iba reduciendo hasta pensar en una cirugía para extirparlo. Su estancia en el Santuario era eminentemente religiosa, Rosita era una chica deseosa de Dios y de las cosas de Dios. Venía cada día a la eucaristía, comulgaba, rezaba el Rosario y todos los ratos que disponíamos hablábamos de Dios, era un alma que quería empaparse de todo lo que era divino, ¡¡qué gusto daba verla tan embebida en los temas espirituales y en contraposición a lo que antes vivía!!

Se hizo una cadena humana de personas que pedíamos a Dios en la oración, la curación de Rosita. A pesar de ello y a causa de un constipado que cogió, la enfermedad volvió a desarrollarse y su estado de salud empeoró sensiblemente, tanto que ya no pudo subir y bajar del Santuario, quedó ingresada en el Hospital de Manresa.

En una de las visitas que le hice al Hospital y estando los dos solos en la habitación, le comenté: Rosita, te das cuenta de que la medicina ya ha dicho la última palabra, que ya no pueden hacer nada más por ti y que eso puede significar que Dios te llame a su presencia…ella preguntó ¿y qué quiere decir eso? Pues que tengas que pasar a la otra vida…se hizo un silencio y de sus ojos brotaron unas lágrimas…le pregunté ¿qué sientes? Rabia, impotencia, rebelión…me miró y mostrando una leve sonrisa y unos ojos iluminados, me contestó: no, no siento nada de eso, sino que voy a LA VIDA, la auténtica vida. Fue a mí, entonces, a quien le cayeron unas lágrimas de gozo y agradecimiento por un cambio tan radical en su vida y una confesión tan contundente en momentos en donde no cabe el disimulo o el quedar bien.

No tardó mucho en pasar a la “auténtica vida”, tenía 23 años, pidió ser enterrada en el cementerio del Santuario, pues se sentía vinculada espiritualmente a la Comunidad y en su corazón formaba parte de ella. Aquí yace, junto con el resto de hermanos de la Comunidad que ya han pasado a mejor vida.